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6.6.07

maldito cronotopo

mi padre se está muriendo, lo noto. la verdad es que creo que se está muriendo desde hace ya algunos años. quizá se está muriendo desde que nació y yo no me había dado cuenta hasta ahora. lo peor de la muerte no es el nombre, sino el sufrimiento del moribundo y la ausencia que deja.

lo peor de la muerte para el que no se muere es la ausencia, sí.

la ausencia es no poder mirarle a los ojos, no poderle tocar la mano, no sentir su latido, no escuchar su voz, no reir juntos de nuevo.

mis ausencias son mis muertes para otros, mis suicidios de cobarde o valiente que huye. me hubiera encantado romper el espacio y el tiempo como en una novela y poder disfrutar de los amigos que dejé atrás, tantos y tan buenos, de las chicas que no han vuelto a verme por unas u otras razones, por acción o por omisión. debo haberme muerto tantas veces que he perdido la cuenta. y lo único que se me ocurre, ante la imposibilidad de romper ese cronotopo, es el consuelo del recuerdo. quedamos en la memoria de los demás por nuestros actos, nuestros valores, nuestras palabras, nuestra genética (que es la única y verdadera inmortalidad; tantos siglos buscándola, y muchos no saben que la tienen en sus propias manos). pero también me pasa por la cabeza que esto no es más que la reflexión de una persona que piensa que la vida debe tener algún sentido. acepto que otros, con haber pasado por aquí y haberlo disfrutado, tienen bastante. me parece también válido.

mi padre se está muriendo. yo me estoy muriendo. tú te estás muriendo. estamos pasando de un estado a otro. lo único que nos queda ante la ausencia es el recuerdo. espero que el mío en vuestras vidas sea tan agradable como para mí fue vuestra amistad y vuestro amor.

* cronotopo: crono (tiempo) + topo (espacio).

6.3.07

las pequeñas memorias


el otro día vi una entrevista a José Saramago hecha por Sánchez Dragó sobre las pequeñas memorias de un ser tan humilde como fascinante, este escritor luso a quien tanto admiro (una de mis 4 eses *ases*). don José no sabe que le conozco, pero lo va a saber en un próximo viaje.

mañana quiero ir a comprar este libro para que mi padre pueda leerlo. desde que ya no puede andar más allá de unos metros desde la puerta de casa, desde que ha decidido -con la sabiduría que dan los años- que ya pocas cosas importan, desde que se entrega a la corriente, desde que se entrega... (se está entregando... a la espera... al final, cada vez más cercano...) su mayor esfuerzo lo realiza leyendo por las mañanas libros de autores desconocidos de su misma edad que yo voy editando, historias de pueblo, de aquellos años del hambre, anécdotas de seres tan llanos y abruptos como la naturaleza misma, cosas del campo y de otro tiempo, cuando no existía siquiera la electricidad. mi rabia es que no son historias bien escritas ni con una mínima calidad redactora -la literaria, ni se atisba-.

así que estas memorias de Saramago, uno de mis 4 eses *ases*, estoy seguro que van a calar en su piel arrugada como la corteza de los olivos que abrazaba el abuelo de don José un día antes de morir, llorando, despidiéndose de tanta belleza, y le van a traer el recuerdo más grato de aquellos años tan duros y tan felices de la vida ya pasada. porque, como dijo la abuela de don José antes de morir, sentada en los escalones de la vieja casa en el campo, mirando las estrellas, el mundo es tan bello y yo tengo tanta pena de que él un día no pueda disfrutarlo...

16.6.06

la casa que yo imagino

Todo el mundo tiene una casa. Se hipotecan o viven de alquiler. Todo el mundo echa raíces. Yo no sé si quiero echar raíces. Estoy tan acostumbrado a sobrevivir, a nadar para sacar sólo la cabeza que no sé si voy a querer tener un sitio para echar el ancla. Siempre recuerdo a Paco Umbral, que dice que todo escritor necesita una casa, esa primera seguridad para poder dedicarse a la literatura. Yo nunca he tenido siquiera un cuarto fijo, una silla, una mesa, siempre he escrito en una tabla de planchar, en una habitación ajena, en una pensión, en el parque, en los bares. No me imagino en un lugar fijo. No quiero esa estabilidad. Temo que mis palabras se resintieran de estar cómodas. Así que cuando voy a casa de algún amigo o amiga, me fijo mucho en todo, sus detalles, que dicen mucho de su personalidad, sus objetos modernos, clásicos, sus fetiches, su decoración minimalista o funcional. Nunca he imaginado mi casa. Nunca me ha preocupado. No le aportaría mis propios detalles, aunque seguramente, indirectamente, lo haría. No faltarían cuadros ni libros, ni elementos básicos para despertar mi mente con otras artes, un televisor para tenerlo sin sonido, como una ventana abierta a la realidad nocturna, un dvd o vídeo para ver películas, una cadena de música. O prescindiría de todos esos elementos y sólo tendría una radio para escuchar música clásica de fondo mientras escribo, para imprimir ritmo y armonía a mi subconsciente prosa. No buscaría todo aquello de lo que realmente pueda prescindir, aquello de los que no necesite cuando tenga que viajar o huir a alguna habitación solitaria de una pensión anónima y sin personalidad marcada. Necesitaría huir de mi hogar constantemente, buscar el revulsivo en lo ajeno. Sólo me preocuparía tener elementos básicos para mantener mi subsistencia, una cocina normal para poder alimentarme, un sillón con buena luz para la lectura y sobre todo, una buena ducha para poder olvidarme de todos los problemas que me impregnan cuando paseo por el mundo, un cuarto de baño para asear mi piel y mi mente, un cuarto para la renovación física y, por extensión, intelectual. Recibiría a la gente en mi casa. Abriría las puertas continuamente para entrevistarme con mis amigos, haría cenas para ellos, tendría licores y alguna droga para complacerles y hacerles sentir en un lugar apacible, fuera de sus casas con anclaje. Buscaría ventanas amplías, una cama grande, un gato o más, cuadros que yo mismo me encargaría de renovar cual exposición itinerante. La casa que yo quisiera no tendría ruidos en exceso, ni gritos, ni peleas, sería más la casa de otros que mi propia casa. En el fondo creo que no tengo afán de poseer un espacio, sino de ser poseído por él, y no por uno sólo, sino por muchos diferentes. Supongo que por eso soy más feliz en lugares ajenos. La imposibilidad de que otros imaginen la casa que tú imaginas no va a impedir que siga adelante, sin pasiones posesivas, como un animal que habita la selva sin reclamar un espacio fijo.