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8.9.08

Rechazo

Nuevamente he recibido un rechazo editorial, en este caso sobre mi poemario Almacén de palabras. La verdad es que no tenía esperanza alguna de publicarlo, en caso de que me lo propusieran (como ya lo han hecho), lo desestimaría, porque no le veo demasiada poesía a lo escrito. Pero me apetecía tocar la puerta de esta editorial para investigar un poco en su actitud. Ha publicado a muchos poetas de la misma estética de Almacén de palabras, poemarios influenciados por el realismo, a veces sucio, el existencialismo, la narratividad, poemas que en realidad son relatos en columna con un pequeño giro literario al final que sus autores pretenden hacer pasar por poesía, y que algunos editores explotan como la nueva poética de la resistencia. Los poetas vagos, que dice una buena amiga mía del mundo editorial. Bien, mi texto no difiere mucho de estos autores y poemarios, pero ha sido rechazado. Eso es lo que quería comprobar: cómo el amiguismo y las influencias funcionan también a nivel underground. Hay muchos tipos de dictaduras y monopolios. Y se establecen a niveles altos, en editoriales promocionadas por grandes medios de comunicación, y lo que es peor, en editoriales que dicen llamarse independientes y alternativas.

Por supuesto, no voy a intentar nada más con Almacén de palabras, son unos textos que no merecen ser publicados en libro (la honestidad no es una virtud, queridos poetas, es un deber). Pero quede claro que los monopolios no sólo se ejercen en las altas esferas. ¿Acaso no sorprende que siempre aparezcan los mismos nombres en casi todas las antologías de poetas jóvenes en editoriales de corte medio/bajo? No hay lugar para nadie nuevo. El pastel ya está repartido. Meter a alguien nuevo, es renunciar a parte de tu pastel. Un competidor es lo que menos quieren los que ya han publicado. Y eso que en estas esferas del underground apenas hay dinero en juego. Sólo divulgación y vanidad.

27.2.07

bares, ¡qué lugares!

No quería ceder, pero al final creo que lo necesito. No quería contaros lo que pasa por mi cabeza, por mi vida, pero supongo que me está removiendo las entrañas y tengo que contarlo. Pero conste: yo no quería.

Nunca me ha gustado hacer vida literaria, tertulias, recitales, conocer a otros poetas. Dios creó muchos poetas, pero no suficiente poesía. He preferido emborracharme con mis amigos, hablar de cualquier tema pagano, no mencionar los espíritus literarios que duermen conmigo cada noche. En casa de herrero... Pero llevo unos meses frecuentando algunas presentaciones, algunos recitales, alguna conferencia. Y estoy harto. Comparando. Jodiéndome. Intentando descubrir el sublime secreto que distingue al poeta publicado del poeta maldito. En cada ocasión miraba los lugares, salas de renombre, pinturas al fresco, siglos de historia y me decía: joder, este no es lugar para mí. Yo tenía que estar en un bar emborrachándome. Y pensaba en los viejos tiempos.

La última presentación fue un coñazo. Soporífera. Pretenciosa. Con un público también pretencioso (¡lo que faltaba!). Pseudoprofetas que confunden a Celan con Cèline, el poeta leyendo en tono aburrido hablando del demiurgo mientras su editor y algún amigo le iban chupando la polla a su ego. Se creía muy radical, poniendo como ejemplo radical a Luis Cernuda. Tócate los cojones. Rebeldía no es ser radical. Tampoco nadar contra corriente. Si te crees radical sentado en una mesa escribiendo, morir de hambre debe ser una patraña.

Resumiendo, salí bastante deprimido, con ganas de llorar. Un editor está seriamente interesado en publicar mis poemas. Y no es autoedición. Pero se le parece: nuestra oportunidad es conseguir alguna subvención pública. Con eso tiramos adelante. Osea, que ningún editor, ni siquiera de un sello distinguido, con cierto renombre entre poetas -como es el caso- se juega la cara por un desconocido si no hay un aval de por medio. Podría hablar de editoriales medianas y grandes: todas funcionan así. Los mecenas son los premios, las diputaciones provinciales, las cajas de ahorros. Una forma de blanquear dinero. Qué miseria.

Nos queda el gusto por seguir escribiendo. Me jode darle la razón a Sanchez Dragó.

Ya os lo cuento otro día.